EL PECADO

 

Reconocerse pecador

  • Como escribe el apóstol San Juan: "Si decimos que estamos sin pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está con nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, El que es fiel y justo nos perdonará los pecados" (1 Jn 1,8 s.). (...) Reconocer el propio pecado, es más,-yendo aún más a fondo en la consideración de la propia personalidad- reconocerse pecador capaz de pecado e inclinado al pecado, es el principio indispensable para volver a Dios.

  • Muchos no ven ya en qué han pecado, y, aún menos, si han pecado gravemente; ni ven sobre todo por qué habrían de pedir perdón ante un representante de la Iglesia (Aloc. 1-IV-82).

  • Amadísimos:
    "Formar" la conciencia propia es tarea fundamental. La razón es muy sencilla: nuestra conciencia puede errar. Y cuando sobre ella prevalece el error, ocasiona (...) una enfermedad mortal hoy muy difundida: la indiferencia respecto a la verdad.

    ¿De dónde nace esta gravísima enfermedad espiritual? Su origen último es el orgullo en el que reside la raíz de cualquier mal. El orgullo lleva al hombre a atribuirse el poder de decidir, cual árbitro supremo, lo que es verdadero y lo que es falso (Aloc. 24-VIII-83).

Una historia siempre actual

  • "Un hombre tenia dos hijos. El más joven dijo al padre: "Padre, dame la parte de herencia que me corresponde"" (cfr. Lc 15, 11-32), dice Jesús poniendo al vivo la dramática vicisitud de aquel joven: la azarosa marcha de la casa paterna, el despilfarro de todos sus bienes llevando una vida disoluta y vacía, los tenebrosos días de la lejanía y del hambre, pero más aún, de la dignidad perdida, de la humillación y de la vergüenza y, finalmente, la nostalgia de la propia casa, la valentía del retorno, la acogida del Padre. (...).

    El hombre -todo hombre- es este hijo pródigo: hechizado por la tentación de separarse del Padre para vivir independientemente la propia existencia; caído en la tentación; desilusionado por el vacío que, como espejismo, lo había fascinado solo, deshonrado, explotado mientras buscaba construirse un mundo todo para si; atormentado incluso desde el fondo de la propia miseria por el deseo de volver a la comunión con el Padre.

  • Pero la parábola pone en escena también al hermano mayor que rechaza su puesto en el banquete (...). Hasta que este hermano, demasiado seguro de si mismo y de sus propios méritos, celoso y displicente, lleno de amargura y de rabia, no se convierta y no se reconcilie con el padre y con el hermano, el banquete no será aún en plenitud la fiesta del encuentro y del hallazgo.

    El hombre-todo hombre-es también este hermano mayor. El egoísmo lo hace ser celoso, le endurece el corazón, lo ciega y lo hace cerrarse a los demás y a Dios.

El pecado, ofensa a Dios

  • La parábola evangélica de los dos hijos -que de formas diversas se alejan del padre, abriendo un abismo entre ellos- es significativa. Nos hace meditar sobre las funestas consecuencias del rechazo del Padre, lo cual se traduce en un desorden en el interior del hombre y en la ruptura de la armonía entre hermano y hermano. El rechazo del amor paterno de Dios y de sus dones de amor está siempre en la raíz de las divisiones de la humanidad.

  • Exclusión de Dios, ruptura con Dios, desobediencia a Dios; a lo largo de toda la historia humana esto ha sido y es bajo formas diversas el pecado.

  • El hombre, empujado por el Maligno y arrastrado por su orgullo abusa de la libertad que le fue dada para amar y buscar el bien generosamente, negándose a obedecer a su Señor y Padre.

  • El hombre, en lugar de responder con amor al amor de Dios, se le enfrenta como un rival, haciéndose ilusiones y presumiendo de sus propias fuerzas, con la consiguiente ruptura de relaciones con Aquél que lo creó (...) y que le mantiene en vida; el pecado es, por consiguiente, un acto suicida.

  • Si el pecado es la interrupción de la relación filial con Dios, entonces pecar no es solamente negar a Dios: pecar es también vivir como si Él no existiera, es borrarlo de la propia existencia diaria.

Pecado personal y pecado social

  • El pecado es siempre un acto de la persona, porque es un acto libre de la persona individual, y no precisamente de un grupo o comunidad. (...) No se puede ignorar esta verdad con el fin de descargar en realidades externas -las estructuras, los sistemas los demás-el pecado de los individuos. Después de todo esto supondría eliminar la dignidad y la libertad de la persona.

  • Los pecados sociales son el fruto, la acumulación y la concentración de muchos pecados personales. (...) Por lo tanto, las verdaderas responsabilidades son de las personas.

Mortal y venial

  1. pecado venial

    • El hombre sabe bien, por experiencia, que el camino que le lleva al conocimiento y amor de Dios, puede detenerse o distanciarse, sin por ello abandonar la vida de Dios; en este caso se da el pecado venial que, sin embargo, no deberá ser atenuado como si automáticamente se convirtiera en algo secundario o en un "pecado de poca importancia".

  2. pecado mortal

    • Pero el hombre sabe también, por una experiencia dolorosa, que, mediante un acto consciente y libre de su voluntad puede volverse atrás, caminar en el sentido opuesto al que Dios quiere y alejarse así de Él, separándose del principio de vida que es Él, y eligiendo por lo tanto, la muerte.

    • Es pecado mortal lo que tiene como objeto una materia grave y, además es cometido con pleno conocimiento y deliberado consentimiento. Es un deber añadir -como se ha hecho también en el Sínodo- que algunos pecados, por razón de su materia, son intrínsecamente graves y mortales. Es decir, existen actos que, por si y en si mismos, independientemente de las circunstancias, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto. Estos actos, si se realizan con el suficiente conocimiento y libertad son siempre culpa grave (. .). Esto puede ocurrir de modo directo y formal, como en los pecados de idolatría, apostasía y ateismo o de modo equivalente, como en todos los actos de desobediencia a los mandamientos de Dios en materia grave.

  3. consecuencias

    • El pecado venial no priva de la gracia santificante de la amistad con Dios, de la caridad, ni, por lo tanto, de la bienaventuranza eterna, mientras que tal privación es precisamente consecuencia del pecado mortal.

      Considerando además el pecado bajo el aspecto de la pena que incluye Santo Tomás con otros doctores llama mortal al pecado que, si no ha sido perdonado, conlleva una pena eterna es venial el pecado que merece una simple pena temporal (o sea parcial y expiable en la tierra o en el purgatorio).

La reconciliación viene de Dios

  • Como el padre de la parábola, Dios anhela el regreso del hijo, lo abraza a su llegada y adereza la mesa para el banquete del nuevo encuentro, con el que festeja la reconciliación.

    Lo que más destaca en la parábola es la acogida festiva y amorosa del padre al hijo que regresa: signo de la misericordia de Dios, siempre dispuesto a perdonar En una palabra: la reconciliación es principalmente un don del Padre celestial.

  • Esta iniciativa de Dios se concreta y manifiesta en el acto redentor de Cristo que se irradia en el mundo mediante el ministerio de la Iglesia.

  • Se nos puede preguntar: ¿No somos nosotros-únicamente nosotros-tos que asumimos la iniciativa de pedir el perdón de los pecados? (...)

    Ciertamente, también se exige nuestra libertad Dios no impone su perdón a quien rehúsa aceptarlo. Pero Dios está "antes" que nosotros y antes que nuestra invocación para ser reconciliados. Nos espera. Nosotros no nos apartaríamos de nuestro pecado, si Dios no nos hubiera ofrecido ya su perdón. Más aún: No nos decidiríamos a abrirnos al perdón, si Dios, mediante el Espíritu que Cristo nos ha dado, no hubiera ya realizado en nosotros pecadores un impulso de cambio de existencia, como es, precisamente, el deseo y la voluntad de conversión. "Os lo pedimos -dice San Pablo-: dejaos reconciliar con Dios" (2 Cor 5, 20). En apariencia, somos nosotros quienes damos los primeros pasos; en realidad, en el comienzo de nuestra reforma de vida está el Señor que nos ilumina y nos solicita. La gratitud debe llenarnos el corazón antes aún de ser liberados de nuestras culpas mediante la absolución de la Iglesia. (Audiencia 29-II-84).